Lo que hice con el novio de mi tía esa noche
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Llevaba dos días ardiendo por dentro. Había descubierto algo en mi marido que no podía sacarme de la cabeza, y esa tarde decidí jugar con fuego.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.
La persiana estaba a medio bajar y la llave giró dos veces tras de mí. Vine sin el anillo y con doce años de silencio sobre la lengua.
Coloqué la cámara entre mi ropa para confirmar mis sospechas. Nunca imaginé que esa grabación terminaría reescribiendo todo lo que deseábamos en la cama.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
Le enseñé el vídeo y se derrumbó en el suelo del salón. Pero cuando volvió a levantarse, ya no era la mujer a la que su marido había humillado durante veinte años.
Bajé a estirar las piernas en la estación y, al volver, la mano de aquel desconocido ya estaba en el muslo de mi madrastra. Lo que vino después no lo conté nunca.
Me quedé sola con él fingiendo un malestar que no tenía. Sabía lo que pasaría en cuanto mi hermana cruzara la tranquera y me dejara a solas con su marido.
Sabía que mi hermana deseaba lo mismo que yo cada vez que le contaba mis historias. Esa tarde, junto a la pileta, dejé de contárselas para mostrárselas.
Domingo, visita familiar a casa de la sobrina. Yo cuarenta y nueve, él treinta. Me bastó con verle la hebilla del cinturón para que la tarde dejara de pertenecerme.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.
Doña Marisol subió a mi cuarto a echarme la bronca. Cuando tropezó al levantarse de la cama, su mano fue a parar justo donde no debía haber caído jamás.
Hay un secreto que guardo desde aquella noche que él me desnudó despacio y me devolvió un cuerpo que yo creía dormido para siempre.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
Tenía treinta y cuatro años, una esposa preciosa y unas manos que no debían tocarme. Yo tenía un novio, un embarazo de un mes y una rabia que no sabía dónde meter.
Llevaba años respetando una sola regla: nunca con un cliente. Esa tarde de martes, con sus manos quietas sobre mi camilla, entendí que iba a romperla.
Llevaba meses fantaseando con ella en silencio. Aquella tarde, durante la clase, levantó la vista del libro y me dijo: tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño.