La chica del gimnasio me esperaba en las duchas
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Cuando él llegó esa noche, yo ya estaba al otro lado del cristal con la luz apagada, observando cómo ella lo recibía con una sonrisa que nunca me había mostrado a mí.
Mi marido me regaló un masaje en un spa por nuestros siete años juntos. Lo que no imaginó es que sería otra mujer la que me enseñaría cuánto me faltaba descubrir.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Tengo treinta y dos años, un marido que casi no me toca y la cabeza llena de fantasías. Aquella tarde decidí que el siguiente desconocido que pudiera tocarme iba a tocarme.
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Todos sospechan lo que soy por cómo me visto, pero yo nunca lo confirmo. Es mi secreto, y contarlo desde el anonimato me pone más caliente que cualquier otra cosa.
Desperté sin saber cómo justificaría ante nadie lo que me obligaron a hacer esa noche, ni cómo volver a mirar a los ojos al hombre que aún amaba.
Nunca lo había hecho con nadie. Y la primera persona que entró en mí no fue mi novio, sino su padre, una tarde en que la casa quedó vacía y yo no supe decir que no.
Carlos me decía que era un hombre peligroso. Tenía razón. Pero nadie me había mirado así en meses, con esa clase de hambre cruda que no sabe disimular.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Trabajaba instalando sistemas de seguridad y tenía acceso a las cámaras de ambas casas. Nunca imaginé lo que iban a grabar.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.