La trampa que dos mujeres maduras me tendieron
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Siempre entrenaba sola, en silencio, sin mirar a nadie. Él llevaba tres meses mirándome a mí, y lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Era la madrastra intachable, la mujer que ponía las reglas. Pero cuando mi hijastro apareció desnudo ante mí, supe que mis reglas eran de papel.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando dijo que no había avisado que terminó el taller, supe que el hotel que veíamos desde la avenida iba a ser nuestro por esa tarde.
Veinte años de matrimonio y de repente ella se apunta al gimnasio, cambia su ropa, revisa el teléfono en el baño. Algo no cuadraba. Decidí averiguarlo.
La vi sola en el café durante semanas: gruesa, bonita, con un cuerpo que su ropa no podía ocultar. Cuando me confesó que llevaba meses sin sexo, supe que algo iba a pasar.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando entré en ese cuarto con él. Lo sabía y aun así cerré la puerta. Mi marido estaba lejos y yo tenía demasiado tequila en las venas.
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Cuando exhaló el humo directo a mi cara y sonrió, supe que aquella noche no iba a terminar bien. Ni bien ni inocente.
Cuando revisé las grabaciones de las cámaras que ella no sabía que existían, vi a mi esposa con él. En nuestra cama. Y en lugar de enfurecerme, sentí algo oscuro que no esperaba.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.