Aventura con el repartidor mientras él se duchaba
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales, el amigo de mi esposa bebía mi vodka y me hacía las preguntas exactas para que yo soltara todo lo que callaba.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
La cámara queda grabando sobre la cómoda. Yo salgo con los niños a comprar caramelos y mi compadre se queda solo en mi cama con mi esposa.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Cuando entró al archivo con los ojos rojos, no imaginé que iba a besarme. Tampoco imaginé que semanas más tarde sería yo la que llamaría a su puerta.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
Bajé descalza al baño y la puerta entreabierta me dejó verlo en la ducha. Lo que pasó esa madrugada en el colchón del salón fue mi primera vez con otro hombre.
Tenía cuarenta años, manos ásperas y un bigote que nunca me había gustado. Hasta que me lo encontré tendido en la cama del cuarto vacío.
Sonó el teléfono, dije que iba a correr y manejé hasta su casa. Cuando volví a mi cuadra, las sirenas ya me estaban esperando.