La noche que mi mujer salió con sus amigas
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Cuando me escribió que necesitaba una acomodadita, me reí. Tres días después estaba subiendo a su carro con la cadera dolorida y el corazón saliéndose.
Cuando él la miró por segunda vez esa noche, supe que la cena no iba a terminar en el comedor, y que mi esposa tampoco quería que terminara ahí.
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Cuando abrió la puerta con ese vestido ajustado, supe que esa tarde iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis propios límites.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Cuando don Eduardo cerró la puerta del despacho, Valeria supo que no habían venido a hablar de ningún informe. Ambos guardaban un secreto y eso los igualaba.
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
La imagen era nítida: ella recostada en la reposera de él, en bikini, con una sonrisa que no era para mí. Lo que vino después me dejó sin habla.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.