Me acosté con el novio maduro de mi mejor amiga
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
Llevaba años manteniendo las distancias con la mujer de mi mejor amigo. La tarde que él me reveló su secreto, esa distancia estaba a punto de desaparecer.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.
Volví a casa pensando que estaba vacía. Los gemidos venían del cuarto de mis padres, y al asomarme entendí que nada volvería a ser igual entre Darío y yo.
Creí que la casa estaba vacía, pero los murmullos venían de arriba. Me quedé inmóvil en la escalera, sin atreverme a subir ni a marcharme.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Hace años escribí diez mandamientos para no dañar a nadie. El primero es no intervenir nunca. El segundo, permanecer escondido. Esta es una de las noches que jamás confesaré.
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.
Apagué el móvil con sesenta llamadas perdidas de mi novio, encendí las velas y esperé en lo alto de la escalera a que sonara el timbre de abajo.