Cómo mi esposa se desnudó ante mi mejor amigo
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando entré en ese cuarto con él. Lo sabía y aun así cerré la puerta. Mi marido estaba lejos y yo tenía demasiado tequila en las venas.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.
Él tardaba en cambiarse. Ella esperaba afuera. Y un grupo de turistas pasó por el lugar equivocado en el momento perfecto.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
El crujido de la puerta me despertó. Reconocí la respiración de mi hermana antes de que mi marido dijera nada. Y decidí no abrir los ojos.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Sergio se fue y Marcos me llevó a la piscina. Había algo en su mirada que no era para Sofía. Era para mí, y yo no debí dejar que fuera así.
Habíamos hablado de esto durante meses, como una fantasía. Esa noche dejó de ser fantasía. Y yo, sentado en esa silla, no pude apartar los ojos ni un segundo.
Valentina se puso el vestido negro a medianoche. Dos desconocidos llamaron al timbre. Marcos sabía lo que iba a pasar y, aun así, abrió la puerta.
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.
Cuando la vela se apagó pensé que era mi marido quien me tocaba. Cuando volvió la luz, entendí que todo había sido planeado mucho antes de esa noche.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
A las doce en punto sonó el timbre y supe que ya no había marcha atrás: ella había aceptado, ellos venían por ella, y yo había prometido quedarme en la silla mirando.
Cuando mi hijo subió a dormir y los tres se quedaron mirándome desde el sofá, supe que aquella tercera copa de vino no había sido casualidad.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.