Mi jefa me cogió en su despacho y no pude parar
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
Los vi follando en el sofá de mi casa y no pude apartar la mirada; cuando él me descubrió, decidió que ninguno se iba a quedar mirando.
Cuando abrió la puerta y vio a su ex en el porche, supe que otra vez iba a perderla delante de mis ojos.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Me dijo que me recogería a las cinco y que no preguntara nada. Lo que no imaginaba era lo que tendría que llevar escondido mientras paseábamos entre la gente.
Bastó verle aparecer al sol, con la piel reluciente, para que supiera que el hombre del bungalow de al lado no me iba a dejar dormir tranquila esas noches.
Cuando subía a tender la ropa no siempre tendía la ropa. Empezó con una mano en la cintura en la azotea, y terminó con las llaves en tu buzón y esta carta sobre la mesa.
No me pidió que parara. Me pidió un sitio detrás de la puerta entreabierta, en silencio, para mirar lo que él ya no sabía darle a su propia mujer.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.
Sesenta y dos años, casada, abuela y con un cuerpo que detenía el tráfico. Me midió con la mirada y supe que ese fin de semana su piso del noveno sería solo nuestro.
Vi cómo me miraba cada vez que iba a su casa. Esa semana en la playa, lejos de todos, decidí averiguar hasta dónde llegaría el padre de mi novio.
Cuando Eduardo abrió la puerta esperaba encontrarla sola y dócil, como siempre. No esperaba verme arrodillado entre las piernas de su mujer, ni la sonrisa con que ella lo recibió.
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Aquella mañana, mientras se vestía sin pudor frente a mí, entendí que el verdadero juego no era el sexo: era cuánta gente quería que la mirara.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.