Los novatos del gimnasio querían probar algo más
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Me levanté después de hacer el amor y, casi sin pensarlo, probé en mis dedos lo que él había dejado dentro de mí. Esa noche entendí hasta dónde quería llegar.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
Llegamos nerviosos, con la excusa de unas copas. Media hora después estábamos los cuatro desnudos en la piscina y ya nadie hablaba de irse temprano.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Cada mañana se iban juntos a clase de surf y volvían demasiado unidos. Yo solo miraba, hasta que una noche en el porche dejé de querer mirar.
Cuando Sonia cerró la puerta del camarote y mi esposa entró en el de enfrente, supe que esa noche cruzaríamos una línea de la que no habría vuelta atrás.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Éramos cuatro en una tienda, dos parejas que apenas se conocían, y bastó un roce en la oscuridad para que ninguno quisiera seguir fingiendo que dormía.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Su marido solo tenía ojos para el escote de la otra. Marina y yo nos miramos desde el otro extremo del salón y, sin decir nada, ya nos lo habíamos dicho todo.
Mariana se ajustó los tirantes frente al espejo mientras Esteban sonreía desde el sofá. Esa noche había invitado a alguien más, y no pensaba decírselo todavía.
Tres sillas en medio del salón, cuatro mujeres dando vueltas y la música a punto de parar: la que se quedara de pie esa ronda, se quedaba sin nada.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Después de tantos años, una conversación sincera tras la cena bastó para que las dos parejas cruzáramos la línea que siempre habíamos rodeado sin atrevernos.
Estábamos despeinadas y sin maquillaje cuando Daniela me recordó aquella vez. No imaginé que, antes del anochecer, ellos nos estarían mirando desde la puerta entreabierta.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Abrí la puerta de la habitación y lo primero que oí fue un gemido largo y el golpe de una cama contra la pared. No estábamos solos, y ninguno quiso frenar.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.