Los recién casados que quisieron aprender de nosotros
Eran recién casados y nos pidieron que les mostráramos lo que sabíamos. Mi marido y yo nos miramos: aquella noche iba a ser muy larga.
Eran recién casados y nos pidieron que les mostráramos lo que sabíamos. Mi marido y yo nos miramos: aquella noche iba a ser muy larga.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Llevaba un mes diciéndome que su marido fantaseaba con verla con otro. Esa noche dejé de escucharla hablar y la llevé donde todo podía pasar de verdad.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Cuando Marina se quitó la última prenda dentro del agua tibia, los cuatro supimos que esa noche nadie iba a dormir en su propio lado de la cama.
El baño de visitas estaba ocupado, así que entré al cuarto sin pensarlo. Damián estaba ahí, solo, mirándome como quien llevaba semanas esperando ese momento.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Después del cuarto gin-tonic, mi mujer se levantó del sofá, cruzó el salón y empezó a desnudarse frente a nuestro amigo. Yo solo pude mirar y desearlo.
Mi mujer siempre cortaba la fantasía cuando se ponía seria. Esta vez, cuando le confesé lo que había reservado, se mordió el labio y me preguntó: ¿y si no se conforman con mirar?
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Llevábamos años yendo desnudos a la misma playa con Rubén y Elena. Una charla entre hombres encendió la mecha: queríamos investigar lo que nunca habíamos visto del otro.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Las tarjetas estaban listas, divididas en verde, amarillo y rojo. Solo faltaba que llegaran ellos para descubrir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Mi novio me apretó la mano cuando cruzamos esa puerta. Esa noche íbamos a aprender, juntos, lo que significaba dejar de tener miedo a desear.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.