Mi remedio secreto para las noches de insomnio
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Cuando Adrián le rodeó la muñeca y le pidió que se sentara entre los dos, Marisol supo que ya no estaba al mando de nada en aquella casa.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Con la casa para nosotros solos y él de espaldas entre los rosales, supe que esa tarde no me conformaría con seguir mirándolo desde la ventana.
Su padre la observaba desde el borde del agua y, por primera vez, ella se preguntó qué se escondía detrás de esa mirada que la seguía en cada brazada.
En las duchas del instituto miraba siempre a escondidas. Esa tarde, volviendo del entrenamiento, Mateo me hizo la pregunta que llevaba años esperando.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Cuando vi su cara en la cámara del portal, supe que la presa había seguido el rastro hasta la cueva. Solo faltaba decidir si la dejaba cruzar la línea.
Aquella tarde en el hospital, mi madre me tomó la mano y me susurró un favor que jamás imaginé escuchar de sus labios.
Subí a cambiarme por algo más atrevido mientras ellos se duchaban. A esa hora ya sabía que, si bajaba a la cocina, no iba a poder contenerme.
Su madre nos vio jugando en la cama y, en lugar de gritar, me sonrió. Esa misma noche entendí que en esa casa nada era inocente, y yo tampoco quería serlo.