Lo que pasó en esa cala no debía pasar
Éramos ocho directivos en un velero al sol. La tensión llevaba meses acumulándose en la oficina. Cuando fondeamos en esa cala desierta de Menorca, ya no hubo vuelta atrás.
Éramos ocho directivos en un velero al sol. La tensión llevaba meses acumulándose en la oficina. Cuando fondeamos en esa cala desierta de Menorca, ya no hubo vuelta atrás.
Medio borracha junto al arroyo, busqué las toallitas en mi bolsillo y saqué algo que no debería estar ahí. Las malas decisiones siempre se recuerdan mejor.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Salimos del café diciendo que íbamos a tomar aire, pero cuando me tomó de la mano y me guió entre los árboles, ya sabía cómo iba a terminar esa noche.
Llevaba semanas evitándome desde aquella primera vez. Pero esa mañana, al abrir la puerta del baño sin tocar, entendí que ninguno había olvidado nada.
No lo había planeado. Pero cuando él entró al local con los demás y me clavó los ojos, ya supe que esa noche iba a terminar de una sola manera.
El uniforme sudado, los pies destrozados y el encargado rondando. Pero yo guardaba un secreto: un cubículo al fondo y un deseo urgente.
Los gemidos llegaban directo a mis oídos y algo en mí cedió por fin. Esa noche no iba a negarme nada.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Escuché cómo se masturbaba pensando en mí. Y yo, en lugar de ignorarlo, cerré los ojos y me uní a él desde el otro lado de la pared.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Llegué agotada de la universidad y me tiré en la cama sin siquiera quitarme los zapatos. No sé cuánto dormí. Cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado a mi lado.
Le mostró las fotos con una sonrisa nerviosa. Él tardó tres segundos en entender lo que miraba, y otros tres en decidir que no pensaba parar.
Valeria tenía veinticinco años, era la esposa de mi padre y me miraba como si no supiera si odiarme o devorarme. Yo tampoco lo sabía.
Un BMW a cambio de una paja semanal parecía un trato simple. Pero los acuerdos con mi padrastro nunca terminaban donde empezaban.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.