Mi mujer y el morbo de exhibirse ante los obreros
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Abrí la puerta pensando que la casa estaba vacía. El ruido venía del cuarto de Marina, y lo que vi al asomarme me dejó clavado en el umbral.
Llevaba años practicando con mis dedos y juguetes, pero ninguno me preparó para la primera vez que sentí a otro hombre respirando en mi nuca y empujando con paciencia.
Él tenía más del doble de su edad y era el hombre de su madre. Pero cuando se quedaron solos en casa, Carla entendió que llevaba meses deseando exactamente esto.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.
Cuando el avión tembló y ella cayó de golpe sobre mí, sentí sus caderas apretarse contra mi cuerpo. Ninguno de los dos dijo nada, pero algo había cambiado.
Cuando todas se fueron a dormir, ella se acercó al sofá, me miró fijamente y dijo algo que nunca esperé oír de una amiga.
Bruno llevaba toda la noche mirando el escote de la madre de su amigo. Lo que no sabía es que las dos mujeres habían contado los detalles del juego mucho antes que ellos.
Compramos el arnés diciendo que era para practicar y poder enseñarles a ellos. Lo que no esperábamos era terminar temblando la una contra la otra.
Apagué el televisor cuando ella subió a dormir, pero la escena seguía repitiéndose en mi cabeza con la cara de mi hermana en lugar de la actriz.
Compartir cuarto con ella en esa casa frente al mar parecía inofensivo, hasta que el calor, el mezcal y su cuerpo pegado al mío lo cambiaron todo.
La bañera estaba a punto, yo cerré los ojos, y cuando los abrí ella ya estaba desnuda en el umbral, ofreciéndome un masaje que no terminó en los hombros.
En el ascensor me rozó el brazo como sin querer y olió a colonia cara. Esa misma noche, mientras yo me vestía a oscuras, ya estaba planeando cómo dejar a Tomás.
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.
Llevaba ocho años siéndole fiel a mi novia. Bastaron una piscina, dos bikinis y la sonrisa traviesa de mi hermana para que todo se derrumbara.
Cuando las puertas se trabaron entre dos pisos supe que faltaban horas para el rescate. No imaginé que mi hermana ya tenía otros planes para esa espera.
Lo único que yo quería era trabajar tranquilo. Pero ella se sentó frente a mí, recogió las piernas bajo el camisón y dijo que llevaba dos noches sin dormir.
Cuando levanté la mirada y la vi a ella barriendo el salón, supe que mi prima era la única que podía salvarme. No imaginé hasta dónde llegaríamos esa tarde.