La estudiante que se vengó de su novio en la biblioteca
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Bajé descalza por un vaso de agua, convencida de que estaba sola. Vi la luz encendida en el despacho y supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Aquella mujer me miró de arriba abajo, sonrió y dijo la frase que cambiaría mi vida: con un poco de maquillaje, podías pasar por toda una nena.
Cuando mi madre por fin decidió casarse, jamás imaginé que el viaje a la isla con mi futura hermanastra terminaría revelándome el secreto de toda la familia.
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Camila cerró la persiana sin dejar de mirarme y, cuando me metí en la cama, ya no podía pensar en otra cosa que en lo que ella había dicho sobre mi madre.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Cuando Sofía abrió aquella caja del armario, supe que la noche no terminaría como las otras pijamadas. Y, sin embargo, no me moví.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Mi compañera dormía cuando él tocó la puerta con un ramo de fresias. Yo abrí en sweater y descalza. Esa noche me prometí no dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.