Lo que ofrecía el resort no estaba en el folleto
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Empezamos hablando por mensajes. Acabamos viéndonos desnudas bajo la misma luna roja, cada una en su ciudad, cada una con la respiración del otro lado de la pantalla.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
Cuatro años atrás, su madre entró justo a tiempo para evitar el pecado. Esta vez, con todos lejos y la banda retumbando abajo, nadie iba a abrir esa puerta.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
Tenía dieciséis años, la casa en silencio y una palabra anotada en el margen del cuaderno desde hacía meses. Esa noche, por fin, cerré la puerta con llave.
Su camisón blanco con flores de lavanda apenas le cubría los muslos, y yo sabía que esa noche iba a desabotonarlo todo, botón por botón, en silencio.
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Pensé que el baño estaría vacío. Carolina estaba frente al espejo y su mirada no era de sorpresa: era la de alguien que sabía exactamente lo que yo acababa de hacer.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
El taxi llegó a las dos y media. Subí los cuatro pisos con dos bolsas en las manos y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Cuando los tres golpes sonaron en la puerta del baño, supuse que sería Carla. Pero quien entró fue él, sin esperar respuesta, descalzo y con el pecho desnudo.
Nunca tuve privacidad para nada. Esa tarde, en un banco vacío y con la falda subida, entendí que por fin podía hacer exactamente lo que quisiera.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Tardé años en entender lo que mi cuerpo me pedía. Y cuando por fin lo entendí, ya no hubo manera de volver atrás ni de conformarme con poco.