Mi hermano no soportó verme con otro esa noche
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.
Llevaba ocho años siéndole fiel a mi novia. Bastaron una piscina, dos bikinis y la sonrisa traviesa de mi hermana para que todo se derrumbara.
Cuando las puertas se trabaron entre dos pisos supe que faltaban horas para el rescate. No imaginé que mi hermana ya tenía otros planes para esa espera.
Lo único que yo quería era trabajar tranquilo. Pero ella se sentó frente a mí, recogió las piernas bajo el camisón y dijo que llevaba dos noches sin dormir.
Cuando levanté la mirada y la vi a ella barriendo el salón, supe que mi prima era la única que podía salvarme. No imaginé hasta dónde llegaríamos esa tarde.
Me había hecho comer con prisas, y ahora se sentaba a horcajadas sobre mí, mojada, susurrándome al oído que no pensaba dejarme tranquilo hasta la noche.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Tenía dieciocho años y nunca había estado con una mujer. Lo último que esperaba era que mi primera vez llegara con la empleada que entró a limpiar mi habitación.
Cuando me abrió la puerta con esa bata corta y el camisón translúcido debajo, supe que la tarde no iba a tratarse solo de instalar un televisor.
Llegamos al motel como siempre, pero esta vez ella tenía algo distinto en la mirada y una promesa guardada que ni yo me imaginaba que estaba dispuesta a cumplir esa tarde.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Bruno me presentó a sus amigos con una sonrisa cómplice y, antes de que entendiera nada, supe que esa noche no iba a salir de la cabaña siendo la misma.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Tres copas de vino, el agua tibia y una pelirroja de diecinueve años que aún no sabía que esa noche dejaría de ser solo la cocinera de la casa.