Mi hermana no se levantó de mi regazo esa tarde
Me había hecho comer con prisas, y ahora se sentaba a horcajadas sobre mí, mojada, susurrándome al oído que no pensaba dejarme tranquilo hasta la noche.
Me había hecho comer con prisas, y ahora se sentaba a horcajadas sobre mí, mojada, susurrándome al oído que no pensaba dejarme tranquilo hasta la noche.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Tenía dieciocho años y nunca había estado con una mujer. Lo último que esperaba era que mi primera vez llegara con la empleada que entró a limpiar mi habitación.
Cuando me abrió la puerta con esa bata corta y el camisón translúcido debajo, supe que la tarde no iba a tratarse solo de instalar un televisor.
Llegamos al motel como siempre, pero esta vez ella tenía algo distinto en la mirada y una promesa guardada que ni yo me imaginaba que estaba dispuesta a cumplir esa tarde.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Bruno me presentó a sus amigos con una sonrisa cómplice y, antes de que entendiera nada, supe que esa noche no iba a salir de la cabaña siendo la misma.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Tres copas de vino, el agua tibia y una pelirroja de diecinueve años que aún no sabía que esa noche dejaría de ser solo la cocinera de la casa.
Cuando bajé del avión a las dos de la mañana, no imaginaba que dormiría bajo el mismo techo que ella. Solo sabía que mi hermano había muerto y que yo estaba demasiado solo.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Crecimos juntos, estudiamos juntos y nos guardamos el mismo secreto durante años. La noche del entierro de sus padres, por fin lo dijimos todo en voz alta.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
En esa fiesta familiar yo era la más lanzada de mis primas, así que fui yo la que se atrevió a preguntarle a don Saúl por qué le decían «el potro».