Los mecánicos del barrio me quitaron las ganas
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
No había podido dormir con el calor, y cuando bajé por un vaso de agua lo encontré sentado a la mesa, con el torso desnudo y una sonrisa que nunca le había visto así.
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Bajé al parque con los billetes listos, pero él me exigió algo distinto. Si decía que no, a mi hijo le volverían a romper la cara al día siguiente.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Leí la carta en el camerino con las manos temblando. La oferta era indecente, la cifra obscena. Se la enseñé a mi marido esperando su furia; me sonrió y me dijo que aceptara.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.
Cuando me asomé a la ventana para descansar un momento, los vi en la piscina. Desnudos, besándose, completamente ajenos al mundo. Entendí que ese año iba a ser muy distinto.
Llegó a casa dos horas antes de lo previsto y la encontró en el cuarto con los ojos cerrados y la mano entre las piernas. Ese fue el momento en que todo cambió.
Mateo tenía veinticinco años y una mirada que no pedía permiso. Cuando Andrés lo invitó a casa, los dos sabíamos que esa noche no iba a terminar pronto.
Cuando salí de su habitación convertida en Valentina, el sonido de mis tacones en el pasillo me dijo que ya no habría marcha atrás.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.
Preparamos la cena juntos entre besos furtivos. Ninguno imaginó cómo terminaría esa noche de películas en el sofá cuando descubrió mi costumbre secreta.
Hacía meses que no salía. Me puse el vestido negro, fui al evento sola y no imaginé que esa noche iba a terminar entre dos hombres.
Cuando le dije que se dejara llevar, no imaginé que esa noche Valeria iba a convertirse en la protagonista más inesperada de toda la reunión.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Encontré un juguete escondido en su cajón y supe que no era solo tristeza lo que le faltaba. Era algo que solo su propia familia podía darle.