Las cámaras del salón grabaron lo que hizo Lorena
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Desde la oscuridad la veía moverse sobre él, y entendí que ya no sabía si me dolía más mirar o las ganas que tenía de seguir mirando.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
«Ni un ruido», le advirtió ella antes de arrodillarse sobre las baldosas frías. Su hijo seguía arriba y el agua de la ducha no tapaba todo.
Salí de la piscina en ropa interior y la sentí mirarme. Ya no era el hijo de su amiga: era un hombre, y ella sabía exactamente lo que quería de mí.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Llevaba toda la noche viéndola bailar con extraños que no sabían lo que yo sí: que a las tres de la mañana iba a ser ella quien me buscara la mano.
Quinientos euros por dejarse golpear donde más dolía. Aceptó sin pensar, convencido de que tres mujeres no podían hacerle tanto daño. Se equivocaba.
La conocí en una app de lectura. Pelinegra, alta, intimidante. Acepté ser su sumisa porque jamás creí que una mujer así me miraría dos veces.
La vi leyendo en el último tren de la tarde, frágil y ajena a todo. No imaginaba que aquel «hola» sería la primera orden de muchas.