Mi primera mujer descubrió mi lado más oscuro en su cama
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
Nunca había bajado más de tres escalones vestida de Lía. Esa tarde, con el encaje blanco rozándome los muslos, decidí que llegaría hasta la calle.
La primera noche bajo el farol, con el frío cortándome la cara, entendí que mi androginia podía ser un arma. Solo necesitaba aguantar hasta tener el cuerpo que siempre quise.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Bajo el uniforme de cajera escondía lencería carísima y un secreto que ningún pasajero del último colectivo llegaba a imaginar.
Hacía semanas que esas dos sombras la seguían a la distancia. Esa noche, en vez de apretar el paso, se dio vuelta y los esperó.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Pensé que solo iban a apartar la nieve y se irían con un chocolate caliente. Pero cuando cerré la puerta del salón, sus miradas me dejaron claro que la tarde no había terminado.
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Tenía quince años, una hora libre y la casa de mi novio vacía. Lo que pasó esa tarde lo recuerdo con cada detalle, hasta hoy.
Tenía veinte años, una cita en tres días y un secreto: nunca había tocado a un hombre. Me pidió ayuda y yo conocía a alguien dispuesto a ser su primera lección.
Nunca creí que arrodillarme frente a él, en silencio y a escondidas, terminaría siendo mi placer favorito. Pero esa hora libre lo cambió todo.
Siempre creí que era algo de chicas fáciles. Entonces me arrodillé frente a él, me miré en el espejo antiguo y entendí que llevaba años equivocada.
Sabía que a mi amiga la usaban los chicos, pero nunca imaginé hasta dónde llegaba. Lo descubrí una noche, haciendo scroll en su teléfono sin permiso.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.