La doctora me enseñó a desear a otra mujer
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Seguí el gemido por el pasillo creyendo que algo iba mal. Lo que encontré tras la puerta entreabierta me dejó sin aliento y me cambió para siempre.
Escribí tres frases, adjunté una foto de espaldas y apreté enviar. No imaginé que a la medianoche tendría a tres hombres jóvenes esperando en el pasillo.
Cuando entraron de nuevo, Noa ya venía desnuda y Andrés la sujetaba por detrás. Supe que ninguno de los cinco dormiría solo en su cama esa noche.
Nunca me había desnudado frente a nadie. Esa tarde, en su sofá de cuero, un hombre que me doblaba la edad me pidió que me quitara el blazer detrás del que llevaba toda la vida escondida.
Cuando los vi ajustarse el pantalón al verla estirarse en la cocina, supe que ese verano iba a ser distinto. Y yo mismo me encargaría de empujarlo.
Todos la juzgaban por cómo terminaba cada fiesta. Esa noche alguien se ofreció a llevarla a su cuarto sin sospechar que su borrachera escondía una trampa deliciosa.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
Mateo evitaba quedarse a solas con él porque, decía, a su lado sentía que iba a volverse gay. Esa tarde se quedaron solos, y la sudadera fue lo primero en caer.
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
Dijo que no, que estaba bien así, calentita en el sofá. Hasta que el más callado del grupo levantó la cabeza y, con la voz temblando, se atrevió a pedirle lo que ningún otro se animaba.
Lo seguí por el pasillo sin pensarlo, con el corazón en la garganta. Sabía que si empujaba esa puerta no habría vuelta atrás, y aun así la empujé.
La odiaba con todo. Cada vez que abría la boca me robaba el aire. Y sin embargo esa tarde, solos en la sala de juntas, descubrí cuánto la deseaba.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.