Lo que empezó entre dos terminó siendo cosa de tres
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Volví al reencuentro por un beso pendiente de la secundaria. No imaginé que esa noche, con la botella girando, terminaríamos siendo tres en la misma cama.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Cuando bajó al patio con aquel vestido verde limón y la cadena rozándole los pezones, supe que la firma del contrato sería lo último que harían mis manos esa tarde.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, me miró como nunca antes, y de pronto la noche de películas y golosinas dejó de tratarse de la serie que íbamos a ver.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.