Lo que pasó en la tienda con mi padre nunca debió pasar
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Cuando el aguacero nos dejó empapadas, ella me ordenó quitarme la ropa mojada y empezó a desnudarse sin pudor. Intenté disimular el temblor en mis manos.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Le dije a Mateo que parara, que mi hermana dormía a tres metros, pero él insistió en silencio. No imaginé que ella iba a abrir esa puerta justo entonces.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Llevábamos casi un año hablando por WhatsApp sin habernos visto nunca. Esa tarde, en la habitación del hotel, se sentó frente a mí y empezó a quitarse la ropa.
Llevábamos meses compartiendo techo cuando, una tarde, me miró tensar los hombros frente a la computadora y dijo algo que jamás olvidé: «Ven, tómate un rato para relajarte».
A los cincuenta y tantos creía que ya nada me sacudía. Entonces ella entró al cuarto de mi hijo con el pelo recogido y una sonrisa que no esperaba.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Me vestí para volar la cabeza a mi novio. Quien abrió la puerta fue su hermano mayor, y sus ojos me recorrieron entera antes de saludarme.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.