Mi compañera de piso me esperaba sin nada debajo
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Llevaba semanas escribiéndome con ella sin saber que vivíamos a quince minutos. Cuando me mandó la dirección a la una de la madrugada, no lo pensé dos veces.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Cuando Mariela le pidió que se quitara también las bragas, Carla buscó en los ojos de su madre el freno que esperaba. No lo encontró. Lo que halló fue una sonrisa cómplice.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.
Cuando abrí los ojos en esa habitación blanca, mi madre estaba desnuda frente a mí, y nada de lo que nos habían enseñado sobre el bien y el mal volvió a tener sentido.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Cuando llegamos esa noche, mi mujer ya tenía el plug puesto. Lo que no esperábamos era cruzarnos con un chico de diecinueve años que cambiaría la rutina.
Llevábamos tres meses sin vernos a solas. Cuando entró al departamento, traía el pelo de un rojo intenso y esa sonrisa torcida que nunca pedía permiso.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Le di a mi marido un nombre cualquiera para nuestra fantasía: un compañero veinte años más joven. Nunca pensé que terminaría jugando con él de verdad.
Pensé que sería un vaso de agua y volver a la cama. La encontré sentada en la mesa, en penumbra, y ninguno de los dos hizo el menor gesto por moverse.
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Esa noche fingí que me iba con amigos. Volví a escondidas, me encerré en mi cuarto y encendí el monitor. Solo entonces empezó el verdadero espectáculo.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.