Crónica de una mañana a tres agujeros de gusano
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.
Su mensaje me llegó un martes a las cuatro de la tarde: «mi novio se fue, necesito salir». La hermana de mi mejor amigo me esperaba con ganas.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
Llevaba cinco años esperando a mi marido y esa noche, con el amante de mi cuñada frente a mí, descubrí que mi cuerpo ya no aguantaba más silencio.
Te juro que cuando subí al avión solo pensaba en cerrar el negocio. No imaginé que esa noche me iba a perder a mí misma y a nosotros.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Cuando abrí esa carpeta vieja en su computadora, no imaginé que una foto de ella iba a ser el principio de mi propia traición.
Coloqué el portátil sobre la cómoda, apunté la cámara hacia su cama y bajé a hacerle charla. En treinta minutos vería lo que llevaba años imaginando.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
Tres días después de lo del jardín, mi profesora todavía tenía mis bragas. Esa tarde le dejé una nota en su escritorio para recordárselo.
Sonó la sirena de la patrulla justo afuera. Bruno seguía dentro de mí, jadeando, y apenas tuve segundos para meterlo en el clóset de los niños.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
El panel del ascensor se apagó entre dos pisos. Ella sonrió, dio un paso hacia mí y dijo en voz baja que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
Tenía 19 años, una botella de licor barato en la mano y la certeza de que esa noche todo cambiaría. Lo que no sabía era que cambiaría en la dirección equivocada.
Cuando encontré la carpeta oculta en su ordenador, supe que aquellas miradas furtivas no eran imaginación mía. Y supe también que ya no quería que parara.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.