La noche que aprendí a besar con mi mejor amiga
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
El panel del ascensor se apagó entre dos pisos. Ella sonrió, dio un paso hacia mí y dijo en voz baja que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
Tenía 19 años, una botella de licor barato en la mano y la certeza de que esa noche todo cambiaría. Lo que no sabía era que cambiaría en la dirección equivocada.
Cuando encontré la carpeta oculta en su ordenador, supe que aquellas miradas furtivas no eran imaginación mía. Y supe también que ya no quería que parara.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Encendí el celular, abrí apenas las cortinas y esperé a que su sombra cruzara la ventana mientras yo me quedaba desnuda frente al espejo.
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
Llevábamos un día perfecto cuando vino a sentarse en mis rodillas. No imaginé que un roce, una curiosidad y un descuido mío borrarían la línea entre padre e hija.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.
Pensé que no había caída peor que aceptar que él me llevara a casa. Hasta que cerró la puerta del departamento y yo dejé el bolso en el sofá.
Cuando entró sin avisar, echó el pestillo y se colocó a mi lado frente al espejo, supe que las semanas de miradas furtivas iban a estallar al fin.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.