La madre de Lara entró sin avisar... las dos veces
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
La reconocí en cuanto cruzó el umbral. Esa chica de veintitrés años llevaba meses desnudándose para mí desde la pantalla y ni siquiera lo sabía.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Cuando me puse aquel short minúsculo para bajar a tomar una cerveza con él, ya sabía que la noche no iba a terminar en el pasillo del hotel.
Cuando le abrí la puerta de mi casa pensé que le estaba haciendo un favor. Cuatro horas después descubrí que llevaba meses deseándola sin saberlo.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Mi marido pasaba el día en su congreso y yo me derretía sola junto a la piscina. Cuando el camarero me preguntó si quería algo, supe muy bien qué iba a pedir esa tarde.
Cuando la enfermera le bajó el pantalón y el doctor le pidió que se quitara el sujetador, yo estaba sentado a tres metros, sin saber cómo esconder lo que pasaba bajo mi pijama.
Cargué ese condón durante meses sin usarlo, hasta que ella apagó la luz, se acostó a mi lado y empujó sus caderas contra las mías sin decir una palabra.
Mañana se cumplen ocho años desde aquella última noche con él, y todavía me pregunto si fui valiente o solamente egoísta al pedirle eso.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Bajé al bar a olvidar lo que vi, y me desperté desnudo en la cama de la chica que más me había despreciado en clase. Esa misma mañana iba a recibir tres millones.
Cuando llegó a barrer la casa vacía, le dije que se fuera tranquila a su pueblo. Tres horas después estábamos en mi cama, y mi esposa todavía no había aterrizado.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.