Sola en casa, mi cuerpo deja de obedecerme
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
«Si abres esa caja, ya no seré el niño que cuidas», le advertí. Mi hermana mayor me sostuvo la mirada un instante y después rompió el papel rojo.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Marisa paseaba por la casa con un vestido ceñido, sin imaginar que esa noche su nuera convertiría la cena familiar en algo que ninguno olvidaría.
Sentí el clic del cerrojo a mis espaldas. Cuando me giré, ella sonreía con la calma de quien ha planeado cada paso desde la primera mirada en la mesa.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Salí de casa con la tanga roja puesta y el corazón acelerado: mi tío jamás me citaba en día de descanso, y yo ya sabía a qué iba en realidad.
De pie frente a ellos, solo con el conjunto de encaje rosa, esperé la orden. La bolsa con el vestido pesaba en mis manos, y yo ya temblaba antes de que todo empezara.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.
Cuando abrí la puerta con el vestido puesto y el pelo recién peinado, se quedó sin palabras. Esa noche dejé de esconderme y me entregué por completo.
Cumplía treinta y nueve y tenía el día libre. Esperaba a un amante; quien tocó la puerta a media mañana fue el último hombre que debí dejar entrar.
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
Solía broncearse en topless junto a la pileta, segura de que nadie la veía. Hasta que sintió la mirada de él clavada en su piel desnuda.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.
La acorralé en el sofá entre risas de borrachera y, cuando mis dedos se colaron bajo su pijama de gatitos, la mujer de hielo por fin se rindió.