Mi primera vez con una mujer terminó en castigo
Subí a la habitación temblando de nervios y deseo. Ella me esperaba con una sonrisa que ahora entiendo: era la sonrisa de quien sabía cómo iba a humillarme.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Subí a la habitación temblando de nervios y deseo. Ella me esperaba con una sonrisa que ahora entiendo: era la sonrisa de quien sabía cómo iba a humillarme.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Aparqué el coche en la cuneta y caminé hasta las luces de neón. Solo quería usar un teléfono. Tres horas después, no me importaba que la grúa tardara.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Estábamos solas frente al espejo. Yo arreglándome el labial; ella mirándome con una intensidad que ya no era amistad. Y entonces se acercó.
Pensé que solo subíamos al pinar a comer tortilla y beber vino tinto. No imaginé que aquella tarde mi prima me iba a pedir que la tocara entre los árboles.
Su esmalte burdeos contra el mío esmeralda sobre mi vientre. Era la primera mujer que me había hecho suya y yo apenas empezaba a aprender la ternura.
Cuando volvió del baño con los ojos rojos, supe que iba a abrazarla. Lo que no supe es que ese abrazo era el principio de algo que llevaba meses callando.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
Aquel domingo de octubre bajamos de misa empapadas por la lluvia. Entramos en su cocina a secarnos. Y allí, contra la pared, la besé como llevaba toda la vida queriendo besarla.
La primera vez que pisó la lavandería traía las botas embarradas y una sonrisa que me desarmó. Y yo solo era una empleada del hotel sin nada que ofrecerle.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Tenía veintidós años, una curiosidad guardada bajo llave y la dirección de un hotel donde nadie haría preguntas incómodas. Antonella me esperaba con un libro en la mano.
Bajé del coche con las piernas dormidas y la vi esperándome en el portal, descalza, mordiéndose el labio como hacía cuando ya no aguantaba más.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.