La secretaria que creí tener bajo mi control
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
En la curva donde los árboles formaban un túnel de luz, estiré la mano y la posé sobre la suya. No hubo palabras: no hacían falta para decir que sí, que quería intentarlo.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Llevaba semanas durmiendo en otra cama, jurando que ya no la pensaba. Hasta que la vi del otro lado del vidrio, empapada y mirándome como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Contó hasta diez antes de empujar la puerta del baño. El vapor lo cubría todo y, por primera vez, decidió no huir de lo que sentía por ella.
Le pasé el dedo por la espalda y supe que iba a temblar. Mi prima nunca había besado a una mujer, pero esa noche en la aldea iba a aprender todo.
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Llevaba un vestido tan corto que no había prenda interior posible, y ella me miró desde el otro lado de la barra como si ya supiera cómo iba a terminar mi noche.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Renata la miraba hacía dos años por los pasillos de la oficina. Una noche, después de cerrar la licitación, dejó por fin que el roce se hiciera algo más.
Cuando levanté las piernas en la vertical olvidé que solo llevaba un tanga. Mi culo quedó frente a la cara de Kendra y su sonrisa no fue de sorpresa, fue de hambre.