Aquella noche, las mujeres del pueblo nos quedamos solas
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
Era nuestra primera pijamada sin sus padres en casa. Cuando apagó la luz, su mano buscó la mía bajo las sábanas, y entendí que llevaba años esperando ese gesto.
Cuando vio el cartel de neón con la bailarina, supo que esa noche no volvería al hotel siendo la misma mujer que había salido.
A los cuarenta y ocho años, en un bar de Miami, mi mejor amiga me tomó del cuello y me besó. Fue mi primera vez con una mujer y supe que ya no podría volver atrás.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
Llegué a la plaza esperando un café cordial con la mujer que me enseñó a leer poemas a los diecisiete. Lo que pasó después no estaba en ningún libro.
Me pidió por mensaje que me pusiera solo una gabardina y bajara al taxi. No sabía que el vibrador en mi bolsillo lo iba a manejar ella desde el asiento de atrás.
Estaba amamantando a la bebé cuando ella entró, se sentó en el suelo y me preguntó si alguna vez yo le había dado pecho. No supe cómo contestarle.
Tenía veintiún años y era la hija de la pareja de mi mejor amiga. Yo le enseñaba ecuaciones; ella me enseñaba a no preguntar dónde había estado las noches que no aparecía.
Me desperté antes que ella, dejé que el agua corriera y, cuando me di vuelta, Camila estaba ahí, descalza, con el pelo revuelto y esa sonrisa.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Cuando abrí la puerta y la vi ahí, descalza y con el rímel corrido, supe que no había venido a hablar. Venía a recuperar lo que había dejado abandonado.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.