Lo que hicimos con Camila en el baño del instituto
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Cuando ella se acercó con un cigarro en la mano y los tatuajes brillando bajo el sol, supe que iba a contestar a sus mensajes aunque mi marido durmiera a mi lado esa noche.
Entré a la cabina pensando que era una tarde más de rutina. Salí siendo otra mujer, con el sabor de un beso que no debía haber ocurrido.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Carla entró al baño aislado del festival apretando como podía y se quedó hipnotizada con el vello rosa de la desconocida que estaba meando frente a ella.
Cruzó el umbral con esa mezcla de orgullo y rendición que tan bien conozco. Sabía que iba a venir, como cada vez que jura que ya no.
Llegué temprano a la piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Quería saber si la chica de la sonrisa coqueta se animaría a algo más.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Bastó un comentario anónimo y una respuesta privada para que la autora del relato y su lectora terminaran besándose entre las Torres de Serranos.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Llevaba dos semanas reviviendo en mi cabeza aquel trío con mi hermana y mi marido. Esa mañana la llamé para salir, sin imaginar cómo terminaría el día.
Cuando Camila tocó lo que creyó que era el control del aire, una descarga me recorrió entera y supe que mi secreto ya no era solo mío.
Llevaba cinco años poniendo un ingrediente íntimo en mis platos y yo lo había probado todos los días sin saberlo. Hasta que aquella tarde se atrevió a confesarlo.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Bajé del barco museo con la cabeza dándome vueltas. Esa misma noche, frente al Pacífico, una mujer que apenas conocía me besó como ningún hombre me había besado nunca.
Caminaba por la finca pensando en cualquier cosa cuando oí los gemidos. Lo que vi entre los árboles esa tarde encendió un deseo que ni yo misma sabía que vivía dentro de mí.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.