Mi asistente, mi clienta y yo en la misma cama
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Entró al café por un cruasán y salió con algo más en la bolsa: la sonrisa de la camarera y una cita a la vuelta de la esquina.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Llegó con un vestido negro ajustado y las pecas le brillaban bajo las luces del bar. Yo, que jamás había mirado a una mujer, ya no podía apartar los ojos de ella.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
Cuando entré al bar y la vi al fondo, supe que esa noche no iba a dormir. Tres meses sin sus manos pesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando los demás alumnos se fueron y la luz del atardecer entró por las ventanas, ella cerró la puerta con llave y me pidió que tocara para ella, solo para ella.
Llevábamos casi tres décadas siendo amigas y casi tres décadas sin decir en voz alta lo que ambas pensábamos cuando nos despedíamos en la puerta.
Cuando Matías y yo volvimos del kiosco con los cigarros, Camila y Renata ya estaban demasiado cerca en el sillón, murmurándose cosas al oído.
Tenía dieciocho años, mi hermana veinticinco, y aquella melena negra suya me quitaba el sueño desde que tengo memoria. Aquel verano me prometí hacerla mía como fuera.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Vino a buscar las últimas cajas y yo le pedí algo absurdo: que me mintiera, durante una tarde entera, sobre todo lo que sentía cuando la tocaba.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Olía a piel limpia y perfume caro. Mi lengua se movió antes que mi cabeza, y cuando ella giró la cara y me miró, supe que no había vuelta atrás.
Pensé que el vodka me había nublado la cabeza, pero cuando cerró la puerta de la habitación supe que ella llevaba años esperando ese momento exacto.
Tres horas antes le había mordido el cuello bajo el agua tibia. Ahora otro le tomaba el brazo como si fuera suya, y ella no se apartaba.