Manejé seis horas para volver a tocarla
Bajé del coche con las piernas dormidas y la vi esperándome en el portal, descalza, mordiéndose el labio como hacía cuando ya no aguantaba más.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Bajé del coche con las piernas dormidas y la vi esperándome en el portal, descalza, mordiéndose el labio como hacía cuando ya no aguantaba más.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
En la curva donde los árboles formaban un túnel de luz, estiré la mano y la posé sobre la suya. No hubo palabras: no hacían falta para decir que sí, que quería intentarlo.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando los vecinos se marcharon, ella seguía allí, inmóvil entre la hierba alta, con un ramo de violetas apretado contra el pecho y los ojos fijos en Marisol.
Llevaba semanas durmiendo en otra cama, jurando que ya no la pensaba. Hasta que la vi del otro lado del vidrio, empapada y mirándome como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Contó hasta diez antes de empujar la puerta del baño. El vapor lo cubría todo y, por primera vez, decidió no huir de lo que sentía por ella.
Le pasé el dedo por la espalda y supe que iba a temblar. Mi prima nunca había besado a una mujer, pero esa noche en la aldea iba a aprender todo.
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.