La tarde que mi tía me untó la espalda con crema
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Volví quemada del sol y mi tía me llamó a su cuarto para aliviarme con crema. Cuando sus manos llegaron a mis caderas, supe que algo había cambiado entre nosotras.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.
Subí a su cuarto creyendo conocer a la chica de quince años que ya no existía. La caja bajo la cama me lo dejó claro: mi hija era otra, y yo también.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Cuando vio la puerta entreabierta y reconoció a su hermana adentro, contra la pared, lo último que esperaba era quedarse mirando sin poder moverse.
Inés bailaba como un poema sin sentimiento. Esa tarde de lluvia, cuando todas se marcharon, decidí enseñarle dónde nace el fuego que el espejo nunca le devolvería.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Cuando mi ama abrió la puerta y olió el humo del salón, supe que esa tarde iba a probar la vara como nunca antes la había probado.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Diana nunca bailaba así, ni siquiera en bodas. Pero esa madrugada, con el vestido caído hasta la cintura y la stripper entre sus piernas, dejó de fingir.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.