La madre de mi novio me enseñó lo que me faltaba
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.
Aceptó quedarse a dormir por ser el cumpleaños de su tía favorita. No imaginaba que esa noche dos mujeres habían planeado cada caricia con precisión.
Pasé media vida creyendo que lo tenía todo, hasta que la vi parada en la línea de producción y supe que no iba a parar hasta tenerla en mi cama.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Llevaba meses sin sentir nada. Entonces ella entró detrás de mí en el reservado, echó el cerrojo y todo lo que creía saber sobre mí se vino abajo.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
Quedamos las tres el último jueves de diciembre, con la excusa de despedir el año. Ninguna mencionó en voz alta lo que de verdad íbamos a hacer.
Ocho años de carrera y ningún paciente me había mirado así. Esa tarde ella subió los pies al sillón, me sostuvo la mirada y todo lo que yo creía firme empezó a temblar.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Tacones, melena rebelde y un vestido negro que valía más que todo mi armario. Yo llegué en jeans rotos y botas militares. Ninguna de las dos había venido a charlar.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Creí que iba a guiarla en su primera experiencia, pero fue ella quien tomó el control y me enseñó hasta dónde podía llegar mi cuerpo.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
Eligió la ropa pensando en él, no en su marido. Esa noche dejaría de ser una esposa fiel para convertirse, durante un fin de semana entero, en la mujer de otro hombre.
Llevábamos meses metidos en el ambiente, pero esa noche, entre la mazmorra y el club, descubrí hasta dónde era capaz de llegar mi mujer cuando se soltaba del todo.