El gimnasio que abría solo para mí los domingos
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
Nos quedamos dormidas desnudas al sol, y cuando abrimos los ojos cuatro pares de ojos jóvenes nos miraban desde el borde de la pileta.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Bajé las escaleras desnuda, les sonreí y solo puse una regla: subir sin ropa. Eran once, sudados y necesitados; yo llevaba demasiado tiempo viuda.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
Cuando le tomó los pies entre las manos y empezó a masajearlos, supo que esa noche, con suficiente vino, la esposa de su tío terminaría entregándose a ella.
Era su primer aquelarre y la más joven del círculo. Todas querían tocarla, pero ella solo buscaba a la rubia que la miraba desde el otro lado del fuego.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
Eran las dos de la madrugada, la botella estaba casi vacía y ella seguía riéndose en mi sofá. Supe que ese era el momento que tanto había esperado.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Abrí los ojos en plena faena y la vi apoyada en el marco de la puerta, con una mano dentro del short. No estaba enfadada. Estaba mirándome a mí.
Llevaba meses notando cómo me buscaba entre la gente durante el sermón. Ese domingo decidí seguirla hasta su casa y averiguar qué escondía esa mirada.
Me descubrió con la mano dentro del pantalón, mirándola por la rendija de la puerta. En vez de gritar, sonrió y me dijo que tenía mucho que enseñarme.