La fantasía que le susurré al oído antes del amanecer
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.
Gérard me retó a cruzar media ciudad en metro vestida de mujer, de su mano y sin esconderme. No imaginé quién me estaría esperando al final de la noche.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Creí que ese viernes íbamos a inventar una excusa para salvarnos. No imaginé que sería ella quien marcaría las reglas del juego.
Aquel beso en la mejilla giró hacia mi boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Ahí supe que frenar a mi propio hijo iba a costarme más de lo que admitía.
Cuando descorchó la champaña y dijo que esa noche no había jerarquías, no entendí lo que de verdad me proponía hasta que sentí la primera mano sobre mi piel.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
La encontré bebiendo sola junto a la piscina, dolida y rabiosa, y supe que ya no iba a consolarla como un hijo. Esa tarde cruzamos algo que jamás podríamos deshacer.
Dejé el chalet de mi padre por la casa de mis abuelos en la aldea. No imaginaba que mi tía, la más rezadora del pueblo, terminaría desnuda en mi cama por un sobre lleno de billetes.
Su madre me llamó soñador, su padre me humilló junto al coche. Cuando todo acabó, Helena bajó las escaleras, me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
La miraba doblar sábanas con esas calzas claritas y rezaba para que no notara el bulto en mi short. Hasta que un día giró la cabeza y me preguntó por qué la miraba así.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Llevábamos veinte años juntos y esa noche, descalza en la cocina, supe que algo había cambiado en mí para siempre: lo deseaba como nunca y, por primera vez, iba a tomar yo el control.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
En el coche, con su mano en el volante y la mía entre sus piernas, entendí que esa noche las reglas las ponía yo. Y él iba a obedecer cada una.