Lo que pasó con mi vecino después del divorcio
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Lo abrí sin pensar y no pude parar de leer. Mi mamá lo escribía todo: cada detalle de cómo volvió a sentirse viva después de tocar fondo.
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
Entré con un vaso de agua y lo encontré cambiándose de pantalón. A partir de ese segundo supe que todo lo que creía saber de mí mismo era mentira.
Le dijo a su abuelo que ya se marchaba, pero ni siquiera salió del edificio: Sonia la esperaba al final del pasillo con cinco viejos sin lavar y una promesa que la hacía temblar.
Se quitó el zapato dentro del auto, deslizó el pie hasta mi entrepierna y susurró: «¿Tu primera vez va a ser obedeciéndome? Mejor para los dos».
Hacía dos semanas que nadie me usaba como yo necesitaba, así que me puse el vestido más fácil de quitar y bajé al único sitio donde sabía que jamás me dirían que no.
Cuando me bajé los leggings frente a él, supe por su mirada que haría exactamente lo que yo le pidiera, por más sucio que fuera.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
El espejo del camerino le devolvía a una mujer que no reconocía. En unos minutos, decenas de extraños la verían desnuda. Y aun así, decidió cruzar la cortina.
Me arrodillé frente a la ventana sin imaginar que uno de ellos ya había rodeado la casa y me observaba en silencio desde la puerta trasera.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.