Lo que encontré en el lavadero del edificio
Reconocí el cesto de ropa que no era el mío y, antes de pensarlo, ya tenía la mano hundida en sus prendas. Lo que pasó después me cambió por dentro.
Reconocí el cesto de ropa que no era el mío y, antes de pensarlo, ya tenía la mano hundida en sus prendas. Lo que pasó después me cambió por dentro.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Creí que estaba solo entre la ropa tendida. Hasta que una voz a mi espalda me preguntó si me gustaban sus pantaletas, y supe que ya no había vuelta atrás.
Nunca había olido el deseo de otra mujer hasta esa tarde, de pie en el pasillo, con la prenda empapada de mi compañera entre las manos y el pulso desbocado.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Entré al baño por error y lo encontré bajo el agua. Desde esa tarde, cada noche que estoy sola vuelvo a esa imagen y no logro sacármela de la cabeza.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Cada vez que se acariciaba, de su cuerpo brotaban estrellas líquidas y flores nuevas. Esa noche los eones se cumplían y ella estaba a punto de arder como jamás.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Habíamos quedado para repasar los finales, pero a las seis los libros ya estaban cerrados y nadie se quería ir. Lo que vino después todavía me acelera el pulso.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
Aquella tarde, con la casa en silencio, un roce accidental me reveló un lenguaje que mi cuerpo hablaba y que yo todavía no sabía leer.
Cuando metió la mano bajo mi mesa, supe que esa mañana no iba a resolver ni una sola incidencia. Solo podía pensar en ella y en lo que acababa de dejarme.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.