Mi ritual secreto después de salir a correr
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
Me suscribí sin pensarlo. Era su cara, su cuerpo, su voz. Y yo, su padre, no podía apartar los ojos de la pantalla.
Su mano estaba donde no debía estar, y mi voz le susurraba cosas que ningún hijo debería escuchar. Pero ninguno de los dos quería detenerse.
Entré al confesionario con vergüenza y salí sabiendo que lo que mi hijo sentía por mí no era tan diferente de lo que yo empezaba a sentir por él.
Sabía perfectamente lo que hacía debajo de esa manta. Y yo decidí no apartarme. Lo que vino después cambió la dinámica entre nosotros para siempre.
Esa tarde todo parecía normal, una reunión entre amigos. Hasta que ella abrió la puerta de mi cuarto y me miró de arriba abajo, sin pedir permiso.
Cerré la puerta con pestillo, bajé la persiana y me prometí que esa noche no habría límites. Había esperado demasiado tiempo para descubrir ese placer.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Me miré al espejo y supe que algo había cambiado. Él seguía durmiendo al otro lado del pasillo, y yo llevaba diez minutos sin poder apartar la mirada de su puerta.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Estaba a punto de llegar al hostal cuando sonó su teléfono. Se quedó blanco. Yo me quedé ardiendo, con el abrigo y las medias, a veinte minutos de casa.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.