Mi marido quería que el vecino me viera desnuda
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Nadie en aquel sendero imaginaba lo que yo llevaba puesto bajo la ropa, ni la mujer salvaje que el roce del aire terminó por despertarme esa tarde.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Aparté la cortina con miedo, pensando que eran ladrones. Lo que vi en el patio me dejó sin aire y con la mano temblando entre las piernas.
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Era la primera vez que la veía aparecer en camisón a las tres de la mañana, descalza y con esa sonrisa que pedía permiso sin pedirlo.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Aquella tarde giré el telescopio sin esperar nada nuevo, y la vi: arrodillada sobre la silla, ajena al hecho de que un desconocido a treinta metros la observaba en silencio.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
Salí a tomar aire mientras él dormía. Las luces del piso de enfrente seguían encendidas, y entonces escuché un gemido que no era el mío y supe que iba a quedarme a mirar.