La fantasía que Adrián guardó solo para esa noche
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Él estaba a miles de kilómetros y yo me desperté ardiendo. Abrí la notebook, leí lo que mis lectores fantaseaban conmigo y dejé que mis manos hicieran el resto.
Volví a mi cuarto temblando, me planté desnuda frente al espejo y dejé que su recuerdo guiara cada uno de mis dedos. No pude parar hasta el final.
Al principio solo era una travesura bajo el agua caliente. Después necesitaba más, y un día, con dos desconocidos en la puerta, di la vuelta de tuerca que lo cambió todo.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Llegaron en una caja sin remitente. No imaginé que esa misma noche terminaría encerrada en mi cuarto, mordiendo la almohada para que nadie me escuchara.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
Iba a esperarlo de rodillas con el conjunto nuevo puesto. Lo que no imaginé fue lo lejos que llegaría yo sola, frente al espejo, antes de que él llegara.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Por primera vez en años no tenía que morderme los labios ni contener un solo gemido. La casa era mía, y mi cuerpo también, sin testigos.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Sé exactamente qué haces con una mano mientras sostienes el teléfono con la otra. Por eso esta carta es solo para ti, y vas a obedecer cada línea.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.