La confesión que no me atreví a contarle al cura
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Eran las tres de la mañana, la casa en silencio, y yo con el teléfono pegado al pecho esperando que esa voz sin cuerpo me dijera, por fin, todo lo que llevaba semanas imaginando.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.