El reto de humillación que cumplí en la universidad
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Salí de casa con el tanga doblado en el bolsillo y tres frases que no elegí escritas sobre mi piel. Cada hora de clase me acercaba más al borde, sin permiso para terminar.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Aceptó el techo, la comida y la libertad de salir con quien quisiera. Lo que no leyó bien fue la cláusula de las nueve de la noche, cuando dejaba de ser libre.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.
Sé que debería sentir vergüenza, pero a esa hora, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo de fingir que el roce es un accidente.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Recién salida de la ducha, me miré al espejo y entendí que no podía seguir esperando. Tomé un papel y empecé a anotar todo lo que llevaba años deseando hacer y nunca me animé.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Pensé que era un juego inocente de miradas en el semáforo. No imaginé que un sábado por la mañana iba a tocar su puerta con la excusa más torpe del mundo.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Compré ese juguete casi por vergüenza, escondida tras una pantalla. No imaginé que el cuerpo que tanto odiaba terminaría enseñándome a quererme.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.