Descubrí el placer de espiar a mi vecino desde el balcón
La primera vez que apunté el viejo telescopio de mis hijos hacia la ventana del frente, supe que me había convertido en algo que mi marido jamás imaginaría.
La primera vez que apunté el viejo telescopio de mis hijos hacia la ventana del frente, supe que me había convertido en algo que mi marido jamás imaginaría.
Llevaba años pegando la oreja a las paredes de moteles baratos. Una noche encontró un foro que prometía algo más: cabinas con vista al placer ajeno.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.
Desperté con el cuerpo encendido y la mano entre las piernas. Jamás imaginé que esa mañana mi hermana abriría la puerta… ni lo que vendría después.
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
Llevaba días sintiendo unos ojos clavados en la nuca mientras tocaba. Ese viernes cerré las puertas con llave y bajé del escenario decidida a descubrirla.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Quería que la imaginaran desde lejos. No esperaba que ella organizara la escena, ni que mi cómplice de pantalla apareciera con una linterna en la mano.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Antes soñaba con hombres. Ahora solo con ella: la desconocida que me toca debajo de la mesa y se mete en mi cama cada noche, aunque mi pareja duerma al lado.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Frente al espejo, con la luz tenue y la música baja, descubrí que la mejor compañía esa noche era la mía: mis manos, mi vibrador y unas ganas que no paraban de crecer.
La caja llevaba años en el fondo del armario. Puse el primer disco sin imaginar que lo que vería esa tarde iba a quedarse conmigo para siempre.