Las chicas del juego que me sanaron tras la ruptura
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
Llevaba días con los ojos tapados y solo reconocía a la gente por su perfume y su voz. Aquella noche, sus manos no se parecían en nada a las de una enfermera.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Pedimos dos sencillas y repartimos las camas sin pensarlo. A las once todos dormían; en la nuestra, mamá empezó a hacer preguntas que ninguna madre debería hacer.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Llevaba un bikini negro diminuto, dos triángulos atados con cordones, y me miró por encima del hombro como si ya supiera lo que iba a pasar entre nosotros.
Abrí la puerta pensando que la casa estaba vacía. El ruido venía del cuarto de Marina, y lo que vi al asomarme me dejó clavado en el umbral.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
Andrés siempre fue el hermano fuerte, el que traía la comida y dormía con sus novias. Hasta que una noche de abstinencia me buscó a mí en la oscuridad.
Pensé que tenía la casa entera para mí esa madrugada. Entonces sonó la cerradura, él me miró desde el umbral y yo seguía desnuda sobre el sofá.
Solo iba a pedirle que bajara el volumen del porno. Nunca imaginé que esa discusión terminaría con los dos en su cama, sin nada que nos separara.
Cuando Greta abrió la puerta del baño y nos encontró así, supe que el encierro recién empezaba a sacar a la luz todo lo que callábamos.
Llamé a mi psicóloga porque llevaba todo el día ardiendo. Su voz me convenció de que ningún deseo era pecado, ni siquiera el que sentía por Diego.
Apagué el televisor cuando ella subió a dormir, pero la escena seguía repitiéndose en mi cabeza con la cara de mi hermana en lugar de la actriz.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.