Las reglas que me inventé jugando al bingo
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Nunca pensé que mirar a una desconocida tocarse al amanecer encendería en mí un deseo tan fuerte que esa misma noche terminaría en un parque, perdiendo toda la vergüenza.
Tengo veinticuatro años y todavía estoy aprendiendo qué me enciende. Esa tarde, con la mano en mi cuello, descubrí algo que no sabía que necesitaba.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Tardó dos días en llegar y en esos dos días no pensé en otra cosa. Cuando por fin abrí la caja, supe que esa noche iba a conocerme de una forma nueva.
Cerré la puerta con pestillo, respiré hondo y me dije que esa tarde por fin iba a averiguar de qué era capaz mi cuerpo cuando nadie me miraba.
Empezó como un juego solitario a medianoche. Para cuando terminé, había descubierto algo sobre mi propio placer que no podría volver a fingir que no sabía.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Le pedí a mi marido una foto suya y me llegó la de otro hombre: un desconocido perfecto. Esa noche no imaginé hasta dónde me llevaría esa imagen mientras dormía.
Faltaba más de una hora para llegar, el asiento de al lado estaba vacío y aquel cosquilleo entre las piernas no me dejaba pensar en otra cosa.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Llevaba días caliente y sin un solo minuto a solas. Ese viernes reservé una habitación, saqué el vibrador de la caja y decidí que esa noche era mía.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Cada mañana es igual: abro los ojos con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sabiendo que ninguna almohada bastará para calmar lo que de verdad pido.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Empezamos hablando por mensajes. Acabamos viéndonos desnudas bajo la misma luna roja, cada una en su ciudad, cada una con la respiración del otro lado de la pantalla.
Frené en el pasillo con la mano en el aire. Los suspiros que salían del cuarto de mi hermana no me dejaban tocar la puerta ni dar media vuelta.
Tenía dieciséis años, la casa en silencio y una palabra anotada en el margen del cuaderno desde hacía meses. Esa noche, por fin, cerré la puerta con llave.
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.