La tarde que mi primo me miró de otra manera
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Bajé por agua a medianoche y la encontré despierta, dispuesta a darle a mi esposa la única clase que yo nunca había logrado enseñarle.
Tenía diecinueve años y nunca me había atrevido a explorarme. Aquella tarde, con la casa en silencio, decidí imitar lo que veía en la pantalla.
Su abrazo me subió un calor por todo el cuerpo que no supe explicar. Solo sabía que, en cuanto me quedara sola, tendría que terminar lo que él había empezado.
Bajó el peluche de la repisa más alta, eligió el vídeo correcto y se preparó para una sesión que nadie más conocería jamás.
A los sesenta y cuatro creía que esa parte de mí estaba apagada para siempre. Bastó una conversación telefónica y una zanahoria para demostrarme lo equivocada que estaba.
Llevaba semanas mostrándome ante la cámara para ella. Esa noche, con una sola frase susurrada, me pidió algo que cambió para siempre lo que yo creía querer.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
De día parecía la más inocente de todas. De madrugada, con la puerta cerrada, descubría una versión de mí que nadie habría imaginado jamás.
Cuando abrí la puerta para respirar el aire mojado, alguien saltó la tapia. Estaba desnudo, no dijo su nombre, y mi marido seguía durmiendo dentro de la casa sin saber nada.
Entré al correo hace media hora, con las piernas ya inquietas. Quería saber cuántos se habían tocado pensando en mí. Fueron más de los que imaginaba.
Las dejé junto a la lavadora como una prenda más, pero en cuanto las acerqué a la nariz supe que esa mujer lo había planeado todo desde el principio.
Nunca me había sacado la blusa al aire libre. Tenía el pulso disparado y las manos temblando, pero algo en mí necesitaba saber qué se sentía que un desconocido pudiera mirarme.
Hace meses que duermo solo. Pero cuando el insomnio aprieta, vuelvo a tenerla encima de mí, gimiendo mi nombre como antes de que todo se rompiera.
Frente a la pantalla, con un trapo entre los dientes para no gritar, obedecí cada orden de un hombre al que nunca le vi la cara. Y volvería a hacerlo.
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.
Todo empezó por una foto en el teléfono. Diez días después no puedo levantarme sin pensar en el momento del día en que voy a meterme mano otra vez.
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.