Mi primera vez fue con el novio de mi madre, en el mar
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Llevamos años juntos y todavía hay algo que no me atrevo a pedirle. Cada noche que se arrodilla frente a mí, la fantasía vuelve y me cuesta callarla.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Salí de casa con la falda más ligera que tenía y una idea fija: encontrar un rincón apartado, abrirme de piernas y dejar que el aire —y quizás unos ojos— hicieran el resto.
El correo llegó temprano, como cada día de sesión. Esta vez no había instrucciones previas: solo la promesa de que él decidiría hasta dónde llegaría mi cuerpo.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.
Nadie en la discoteca sabía lo que llevaba debajo del pantalón. Yo tampoco sabía hasta dónde me llevaría esa pequeña prenda de encaje rojo.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
Solo quería dormir, pero la rendija de la puerta dejaba pasar la luz, y la risa baja de mi madre me detuvo en seco antes de llegar a la mía.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.
Siempre creí que era algo de chicas fáciles. Entonces me arrodillé frente a él, me miré en el espejo antiguo y entendí que llevaba años equivocada.