Le vendía fotos hasta que una llamada lo cambió todo
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Pensé que era una broma de cumpleaños hasta que vi cómo mi hijo se mordía el labio esperando que abriera el envoltorio.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
Bajó al salón con una sonrisa que ya no era la de siempre y la mano escondida en la espalda. «Adivina qué traigo», me dijo. Esa noche entendí en quién se estaba convirtiendo.
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Llevábamos dos años compartiendo piso y nunca me había mirado así. Esa tarde de verano descubrí lo que de verdad escondía en el móvil cuando entré sin avisar.
Él dormía empalmado cuando empecé a acariciarlo. Solo le pedí una cosa: que me contara, palabra por palabra, lo que pasaría aquella tarde junto a la piscina.