La fantasía con otra mujer que nunca me animé a cumplir
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Abrí los ojos en mitad de la oscuridad del salón y ella estaba en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, mirando exactamente lo que yo no podía esconder.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
Bruno me presentó a sus amigos con una sonrisa cómplice y, antes de que entendiera nada, supe que esa noche no iba a salir de la cabaña siendo la misma.
Pagamos por convertirnos en los machos que nos humillaban. Pero Madame Muñeca siempre cumple lo que promete... nunca de la forma que uno espera.
Tenía veinte años y creía conocer mis deseos, hasta que mi suegra abrió aquel álbum y me mostró quién había sido. Esa noche apagué la luz y lo entendí todo.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Las maletas aún sin deshacer y, bajo una de las camas, un montón de revistas viejas que ninguno de los tres hermanos consiguió dejar de mirar esa tarde de calor.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Llevábamos meses sin tocarnos de verdad. Esa madrugada levanté la sábana solo para mirarlo, y lo que empezó como pura curiosidad terminó devolviéndome algo que creía perdido.
Siempre digo que soy tímida, pero la verdad es que nada me calienta más que la posibilidad de que alguien abra la puerta en el peor momento.
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.