El hombre maduro de la parada me enseñó todo
Yo era la chica seria de la coleta y los apuntes bajo el brazo. Él tenía el doble de mi edad y una calma que me desarmaba cada vez que me miraba.
Yo era la chica seria de la coleta y los apuntes bajo el brazo. Él tenía el doble de mi edad y una calma que me desarmaba cada vez que me miraba.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Llevaba semanas saludándola al pasar con la moto. La tarde que me pidió que frenara, jamás imaginé el secreto que esa mujer guardaba bajo el camisón.
Echó el pestillo a mi espalda y, antes de que pudiera protestar, sus dedos ya buscaban mi cinturón. Solo dijo: «Escuché que era tu cumpleaños».
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.
Me vestí simple y acepté el paseo sin imaginar que esa tarde, rodeada de hombres que me doblaban la edad, descubriría hasta dónde era capaz de llegar.
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Lo vi bajar del auto con ese traje claro y supe que esa noche no iba a dormir sola en el departamento prestado.
Apoyaste los pies en el salpicadero, me sonreíste, y supe que aquel viaje de carretera no iba a terminar en el supermercado como habíamos planeado.
Llevaba semanas obsesionado con la idea. Fue mi amiga la que, una tarde en el sofá, me empujó a rellenar el formulario y dejar de fantasear.
Escuché cada palabra sucia que dijeron sobre mi cuerpo, convencidos de que no les entendía. Cuando me levanté y les hablé en su idioma, las caras se les pusieron rojas.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Tenía noventa florines, dos días de viaje encima y una hija dormida. Lo que no tenía eran billetes para el barco, y el joven del mostrador ya la había mirado dos veces.
Cuando aquella mujer de ojos grises posó la mano en su pierna, Andrés no sospechó que alguien más, sentado en un rincón del bar, ya había decidido exactamente cómo terminaría la noche.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Lo vi inquieto en una banca del campus, esperando a alguien, y mi radar se encendió. No imaginé que ese chico tímido me haría perder la cuenta de las horas.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Bailamos hasta que la casa quedó en silencio. Cuando ella abrió la puerta de mi cuarto y dijo que necesitaba un favor, supe que esa Navidad lo cambiaría todo.