El ritual en la selva que transformó mi cuerpo
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.
Nunca había pisado la calle vestida de mujer. Esa madrugada me pinté los labios en el baño de una gasolinera y conduje hasta él sin pensar en lo que vendría.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
Eran las tres de la madrugada y dos siluetas se movían dentro del agua. Me quedé mirando desde la ventana, sin saber que mi mujer ya estaba despierta detrás de mí.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.
La primera vez que Carla cruzó las piernas en el asiento de atrás supe que esos viajes iban a complicarme la vida mucho más de lo que jamás imaginé.
Cuando me ofrecí a llevarle el carro de la compra no imaginé que, veinte minutos después, ella me miraría desde el otro lado de la cocina con esa sonrisa.
Bajé las escaleras con el conjunto que había escondido durante semanas, y por la forma en que me miró supe que esa noche no iba a haber marcha atrás.
Llegué con la cinta métrica y los nervios de punta. Lo único que quería era evitar el ala oeste, pero él ya había preguntado por mí en recepción.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Creí que la casa estaba vacía, pero los murmullos venían de arriba. Me quedé inmóvil en la escalera, sin atreverme a subir ni a marcharme.
Acepté con tres condiciones claras y la mano de mi marido temblando en la mía. Lo que pasó esa tarde en la sala todavía me hace dudar de cuánto lo conozco.
Me dijo que volviera a las diez, cuando hiciera el cierre, y que me la chuparía mejor que ninguna. Tardé cuatro noches en encontrarla otra vez en la caja.
Estábamos los tres en la cocina esperando que subiera la cafetera cuando se me ocurrió aquella locura. Ninguno imaginaba lo que iba a esconder en uno de los vasos.
Cuando subí al asiento del copiloto y él me dijo «mira cómo me tienes», supe que esa noche no iba a salir del taxi siendo el mismo de antes.
Me quité la sudadera en la escalera, esperé a oír la regadera en el piso de arriba y volví a la cocina decidida a que aquel hombre dejara de mirar el refrigerador.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.