La propuesta indecente que acepté en el trabajo
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Llevaba siete días contando las horas. Cuando lo vi cruzar la puerta del aeropuerto, me importó poco estar con la regla: esa noche no iba a esperar nada.
Se metió en mi cama con el camisón subido hasta la cintura. Dijo que era para hablar. Pero cuando encontró lo que había debajo de la sábana, todo cambió.
Cuando los demás seguían bebiendo, yo ya tenía a Andrés arrinconado en el callejón. Llevaba horas sin poder quitarle los ojos de encima.
Era la madrastra intachable, la mujer que ponía las reglas. Pero cuando mi hijastro apareció desnudo ante mí, supe que mis reglas eran de papel.
Claudia se creía una madre respetable, religiosa, fiel. Pero aquella tarde, arrodillada frente a su propio hijo, entendió que no podía seguir ignorando algo oscuro en ella.
Andrés quería compartir a su mujer con el capitán. Valeria resistió tres días. Cuando llegó Pilar, ninguno de los cuatro salió igual.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Durante el trayecto apoyó la mano en mi muslo y no la retiró. En la cena me miró como si yo fuera el postre. Subir al ascensor fue solo cuestión de tiempo.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.