La noche que dejé de fingir con mi compañera
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
De todas las que pasaron por aquella fiesta, ella fue la única que no probé. Por eso, cuando su nombre apareció en mi teléfono al día siguiente, supe que no iba a poder negarme.
Aceptó la invitación para pagarle a su novio con la misma moneda y eligió al zombie de rasgos finos, sin imaginar lo que descubriría al quitarle el disfraz.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
Llevábamos meses desayunando juntas después de dejar a los niños. Esa mañana la noté distinta, y lo que me escribió en el móvil lo cambió todo entre nosotras.
Hacía más de diez años que no la veía. La encontré frente a la estantería de los consoladores y, sin pensarlo, le ofrecí mi número.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Llevaba semanas con el brazo enyesado y aburrida cuando una serie despertó algo en mí. Entonces ella apareció en la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente.
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
Bastó que ladeara la cabeza hacia la puerta del fondo para que yo dejara mi copa en la barra y la siguiera sin pensarlo dos veces.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
Llegó veinte minutos tarde a propósito, para que no nos diera tiempo de ir al teatro. Solo entonces entendí que ella ya había decidido cómo terminaría la noche.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.