El fisioterapeuta que me dejó nueva a los 56
Pidió un masaje para la contractura. Lo que no pidió fue la voz grave de él diciéndole que iba a trabajar más profundo, ni lo que ella respondió.
Pidió un masaje para la contractura. Lo que no pidió fue la voz grave de él diciéndole que iba a trabajar más profundo, ni lo que ella respondió.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Entré a esa discoteca convencida de que yo elegía. Tres horas después, un desconocido me había desarmado por completo y yo le rogaba que no parara.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Mientras la aguja caía sobre el vinilo, ella se reclinó en el sofá y susurró que era completamente suya. Lo que pasó esa tarde duró mucho más que la música.
Me puse el vestido más corto que tenía, sin sujetador, y entré en su cuarto con una excusa tonta. Solo quería comprobar si aún podía poner nervioso a un hombre.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
Él me había salvado el curso sin pedir nada a cambio. Esa tarde decidí que las gracias se las daría de una forma que ninguno de los dos olvidaría jamás.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.
Le dije que me hiciera lo que quisiera y lo dije en serio. Lo que vino después en aquel sofá todavía me enciende cada vez que lo recuerdo.
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Quedaban dos candidatas para el puesto, pero Renata sabía exactamente cómo desempatar antes de que el director dijera una sola palabra.
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
Tenía veintidós años y un trabajo final que valía el curso entero. Lo que no figuraba en ningún plan era la oferta que aquel señor me haría camino a casa.