Mi ex apareció en la cabina mientras yo pilotaba
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
No encendí la luz. Solo sentí sus manos tirando de mi ropa y su boca buscándome en la penumbra, sin una sola palabra, como si supiera de memoria lo que venía a hacer.
Me gusta provocar, lo admito. Pero esa mañana, cuando los subí a la camioneta sin nada bajo la calza, supe que el fin de semana se me iría de las manos.
Siempre me pregunté de dónde sacaba tanto dinero. Cuando por fin me lo mostró, mi mejor amigo estaba parado frente a mí con medias blancas y una sonrisa que lo cambiaba todo.
Apenas sabía su nombre cuando ya estaba de rodillas en mi cama, suplicando que no parara. Nunca había estado con alguien que disfrutara el sexo con esa intensidad.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Entré a la habitación esperando una cita íntima con mi marido y, cuando me puse en cuatro, descubrí que no estábamos solos. Lo que vino después me cambió.
Entré a ese taller dando órdenes, como hago siempre. No imaginé que aquel hombre lleno de grasa iba a recordarme quién mandaba de verdad esa tarde.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Pensé que era una montaña imposible de escalar. Hasta que, a media película, se acercó a mi oído y susurró que tenía una idea malévola.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Pensaba que el sótano sería solo para mí: la peluca, el vestido corto, los tacones y la cámara. No conté con que alguien más tuviera llave esa tarde.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso, habló de mi libro como si me conociera de siempre, y supe que esa tarde no terminaría en aquel banco.
Llegué a su casa con una falda demasiado corta y la excusa de aprobar. Él no dejó de mirarme ni un segundo, y yo no iba precisamente a estudiar.
Las sábanas seguían tibias, pero él ya no estaba. Lo seguí hasta el baño sin imaginar hasta dónde íbamos a llegar antes del desayuno.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Cuando se apagaron las luces de la sala, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea de la que ninguno de los dos querría volver.