La tarde que por fin nos quedamos solos en su casa
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
Llevaba años mirándola como no debía. Aquella noche, tras pillarla con otro, subió a mi coche sin saber que yo también escondía un secreto.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Habíamos quedado para intercambiar unas fotos. Lo que ninguno de los dos dijo en voz alta era que ese reencuentro llevaba meses esperando a ocurrir.
Llevaba meses imaginándolo y no me atrevía a admitirlo. Esa tarde, una conversación cualquiera bastó para que todo se saliera de control.
Durante años me dije que era el típico tío hetero. Mentía. Mis pajas se las dedicaba a los compañeros del vestuario, y tardé demasiado en admitirlo.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
Vine a Buenos Aires a juntar unos pesos para mi familia. Nunca imaginé que la casa más linda del barrio iba a cambiarme la vida de la forma en que lo hizo.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.