Lo que viví en la fiesta de disfraces nunca lo conté
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
Siempre me dije que mis deslices eran culpa del alcohol. Esa mañana, sobria y a plena luz, supe que me había estado mintiendo.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Le dije que venía sudando, que necesitaba bañarme. Él me cargó hasta el sofá y me susurró que así, con mi aroma, le gustaba todavía más.
Juro que es una historia real, de esas que no se cuentan en voz alta. Apareció entre los setos casi desnuda, me pidió fuego y todo lo demás vino solo.
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Llevábamos años con una regla clara, pero aquella mañana entendí que renovar el contrato significaba subirme a la mesa de la notaría delante de todos.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.