La travesti detrás del avatar aceptó la cita
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
En el juego del «yo nunca» confesé mi lista secreta: los lugares donde me arrodillé sin que nadie lo supiera. Hoy te cuento tres de ellos, sin censura.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Nunca cargo efectivo, y esa mañana lo descubrí en el peor momento: tarde, sin plata y con un taxista que me miraba por el retrovisor como si yo ya le debiera algo más que la carrera.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.