Invité a Darío a compartir a mi mujer en la piscina
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Tengo veintisiete años, un perfil falso para cazar heteros y la certeza de que esa noche, en una casa que olía a sudor, iba a hincarme frente a un desconocido.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
Cuando colgué el teléfono ya estaba decidido. Esa tarde no quería uno ni dos: los quería a todos en mi casa, al mismo tiempo y sin contemplaciones.
Bárbara dominaba salas de juntas con una mirada, pero esa noche, rodeada de cuerpos desconocidos y con su secretaria sonriéndole, fue ella quien perdió por completo el control.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Despertó en una cama que no era suya, con los dedos de Renata sobre la muñeca y el sudor pegándole el pelo a la frente. No le preguntó nada: solo le besó la sien.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Me dijo que esa tarde solo estarían cinco hombres de la oficina y que necesitaban una dama que les hiciera compañía. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Les dije que quería otro castigo en vez de beber. No imaginaban hasta dónde estaba dispuesta a llevar esa partida de cartas, y yo tampoco del todo.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.