Mi primera vez como mujer trans con un hombre maduro
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
El entrenador me miró desde el otro lado de la mesa y sonrió. Mi padre me apretó la nuca y susurró: «Hijo, vamos a hacer lo que haga falta para que entres al equipo».
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Era la única del club que cobraba por dominar a los hombres. Hasta que un cliente rico se sentó a su lado y, en vez de desnudarla, solo quiso escucharla hasta el amanecer.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Era la primera vez que la veía aparecer en camisón a las tres de la mañana, descalza y con esa sonrisa que pedía permiso sin pedirlo.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Cuando ella entró al bar, mi novio levantó la copa y sonrió como si supiera todo. Y, en realidad, lo sabía hacía meses. Esa noche dejó de ser un secreto.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
Eran casi las once cuando el ascensor me dejó frente al estacionamiento vacío. No pensé que esas llaves me costarían tan caro, y tan barato a la vez.
Mandé a casa a mi secretaria, subí la calefacción y me dejé solo la americana sobre el sujetador transparente. Quería que Mariela viera todo lo que llevaba semanas buscando.
Su mujer salía de viaje al día siguiente y yo todavía dormía sobre un colchón en el suelo. Cuando tocó el timbre con la caja de herramientas, supe que algo iba a pasar.
Cuando me dijo el total y conté los billetes, supe que me faltaban cuatro mil. La miré, apoyé los codos en el mostrador y le susurré algo al oído.
Tenía la ropa de mujer guardada bajo candado, segura de que nadie la vería. Hasta que aquel hombre encontró la maleta y me pidió que me la pusiera para él.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.