El secreto que guardo desde que llegó el doctor nuevo
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Sabía que su mirada estaba clavada en mi espalda mientras me desnudaba junto al armario. Dejé la puerta del baño entornada a propósito: la invitación estaba servida.
Llegué a su puerta con la depresión a cuestas y unas cervezas de más. No buscaba sexo. Buscaba a alguien que entendiera por qué ya no podía mirarme al espejo.
Salí del cine encendida y sin nadie que apagara el fuego. La lluvia me empapó el vestido y, entonces, una voz ronca me habló a la espalda.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Una tubería rota nos obligó a dormir a los hombres juntos. Toni a un lado, yo al otro, y entre los dos, Sergio... que no dormía tan profundamente como creíamos.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
No pensaba irme sin mi premio. Apagué las luces, bajé la ventanilla y esperé a que unos faros se acercaran en la oscuridad del descampado.
Toqué el timbre esperando a mi novio. Abrió un hombre de casi sesenta años que me miró de arriba abajo y entendió, en un segundo, exactamente lo que yo era.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.