La cárcel me convirtió en la trava de la facción
Esa noche me clavaron la primera inyección de hormonas y me hicieron tirar toda mi ropa de hombre. «Vas a ver cómo te ponés linda», me dijo ella sonriendo.
Esa noche me clavaron la primera inyección de hormonas y me hicieron tirar toda mi ropa de hombre. «Vas a ver cómo te ponés linda», me dijo ella sonriendo.
Lo que empezó como una tarde tonta en su sofá terminó conmigo arrodillado entre sus piernas, descubriendo que algunas confianzas no se pueden devolver.
Frené en el pasillo con la mano en el aire. Los suspiros que salían del cuarto de mi hermana no me dejaban tocar la puerta ni dar media vuelta.
Subí al auto con el corazón en la boca y le dije, casi sin pensar, que entendía por fin lo que sentía una mujer cuando va camino a entregarse.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
Su camisón blanco con flores de lavanda apenas le cubría los muslos, y yo sabía que esa noche iba a desabotonarlo todo, botón por botón, en silencio.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Esa madrugada me puse la falda, las medias y los tacones que escondía en el armario. No sabía que, al otro lado del rellano, alguien había estado mirando.
Bajé por agua a medianoche y la encontré despierta, dispuesta a darle a mi esposa la única clase que yo nunca había logrado enseñarle.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Marina dejó la libreta abierta en la letra C. Yo solo iba a hablar de mi bloqueo en la cama, pero aquella primera consulta no terminó como cualquiera imaginaría.
El taxi llegó a las dos y media. Subí los cuatro pisos con dos bolsas en las manos y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
Cuando los tres golpes sonaron en la puerta del baño, supuse que sería Carla. Pero quien entró fue él, sin esperar respuesta, descalzo y con el pecho desnudo.
El parque estaba vacío a las nueve. Cuando aparecieron las tres siluetas oscuras al final del sendero, supe que no iba a llegar a casa la misma persona.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
Vivía justo enfrente de mí y nunca me había mirado dos veces. Esa tarde decidí que eso iba a cambiar, aunque tuviera que cruzar el pasillo sin sujetador.
A los cincuenta y uno, después de muchas mujeres, escribí a un desconocido en una página gay sin saber que ese mensaje me obligaría a aceptar lo que siempre había negado.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.