El profesor que me pagó por algo más que una pizza
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.
Apoyé la frente contra la puerta para no hacer ruido. Los niños dormían al otro lado y yo me deshacía bajo las manos de mi marido, mordiéndome el labio.
Ella no podía moverse mientras yo controlaba el mando en el bolsillo. A nuestro alrededor, mil extraños celebraban el Carnaval sin sospechar nada de lo que ocurría bajo el terciopelo.
Llegó a casa dos horas antes de lo previsto y la encontró en el cuarto con los ojos cerrados y la mano entre las piernas. Ese fue el momento en que todo cambió.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.
Mateo tenía veinticinco años y una mirada que no pedía permiso. Cuando Andrés lo invitó a casa, los dos sabíamos que esa noche no iba a terminar pronto.
Cuando salí de su habitación convertida en Valentina, el sonido de mis tacones en el pasillo me dijo que ya no habría marcha atrás.
El calor de julio, una cerveza helada y sus manos ásperas. A los cuarenta y dos, descubrí que el deseo no tiene edad ni vergüenza.
Mateo nos lanzó la idea una tarde cualquiera: uniforme de clínica, autobús lleno, sin ropa interior. Era una locura. Aceptamos de todas formas.
Cuando le dije que se dejara llevar, no imaginé que esa noche Valeria iba a convertirse en la protagonista más inesperada de toda la reunión.
Empujé la puerta esperando encontrarla dormida; la encontré con la tanga cerca de la boca y los ojos abiertos, esperándome sin pudor.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Cuatro semanas sin verlo. Cuatro semanas intentando borrar el recuerdo de otras manos. Esa noche, Abril se convirtió en alguien que no reconocía.
Rodrigo no la echó cuando se quedó la última. Sofía tampoco quiso pedírselo. Los tres lo sabían, sin decirlo, desde que se cerraron las puertas del salón.
Estaba concentrado en la partida, el micrófono abierto, sus amigos al otro lado. Yo entré descalza, sin que me oyera, y me arrodillé.
Llegué sola al Tresor a las tres y media. Cuando bajé al sótano no buscaba a nadie; lo que pasó después con aquel brasileño aún no me atrevo a contárselo a mis amigas.