Lo que me pasó en el último vagón del metro
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
Cuando me giré para lavarme las manos lo vi en el espejo: alto, canoso, con el cierre abierto y la mirada clavada en la mía. Mi noche recién empezaba.
Cuando entró por la puerta del salón, supe que aquella sesión iba a romper algo dentro de mí. Y no estaba equivocada.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Cuando levanté la vista del celular y lo vi caminar hacia mi banca, supe que esa tarde en la Zona T no iba a terminar con una simple charla bajo las palmeras.
La falda venía rota, los labios hinchados y olía a un hombre que no era yo. Lo peor no fue verla así: fue lo que me ordenó hacer después.
Cuando me abrió la puerta con ese vestido corto y esa sonrisa cargada de alcohol, supe que la noche no iba a terminar como ella había planeado.
El mensaje llegó de un número desconocido: triple tarifa por acompañarlo en Nochebuena. Me puse el vestido rojo, los tacones imposibles, y crucé la ciudad sin saber lo que me esperaba.
Sentía la boca y el cuerpo listos, el corazón golpeándome el pecho. Solo faltaba que él cruzara la puerta y me mirara como yo necesitaba que me mirara.
Nunca había pagado por sexo, y mucho menos a una trans. Pero esa madrugada, con el carro lleno de gasolina y la cabeza llena de morbo, di una vuelta de más.
Me vistió igual que ella: corsé negro, medias de red y la misma peluca. Esa noche íbamos a trabajar juntas por primera vez, y yo no sabía hasta dónde llegaría.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.