Lo que mi padre hacía mientras mi madre dormía
El crujido del colchón en el cuarto de sus padres no era el del sexo: era el del robo. Sabina avanzó descalza por el pasillo hasta pegar el ojo a la rendija de la puerta.
El crujido del colchón en el cuarto de sus padres no era el del sexo: era el del robo. Sabina avanzó descalza por el pasillo hasta pegar el ojo a la rendija de la puerta.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.
Bastó una copa de más y un apartamento vacío para que la hija de mi cuñada dejara de ser la niña que recordaba. Lo que pasó esa noche no debería contarse.
Esperé en la parada del autobús con el corazón acelerado, sabiendo que en cuanto su auto apareciera dejaríamos de ser madre e hijo para ser otra cosa.
Estaba medio dormido tocándome cuando sentí una mano que no era la mía. Lo que vino después rompió todos los límites que creía respetar.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Cuando entré al baño no imaginé que su madre me esperaba, ni que mi sobrina aparecería en la puerta con una sonrisa que lo cambiaría todo.
Siempre habíamos sido los más cercanos de la familia. Lo que nunca imaginé fue que un fin de semana de vinos lo cambiaría todo entre nosotros.
Abrí la puerta pensando que la casa estaba vacía. El ruido venía del cuarto de Marina, y lo que vi al asomarme me dejó clavado en el umbral.
Habían pasado ocho años desde la última vez que la vi. Volvió convertida en una mujer y con una sola idea en la cabeza: provocarme hasta que yo cediera.
Andrés siempre fue el hermano fuerte, el que traía la comida y dormía con sus novias. Hasta que una noche de abstinencia me buscó a mí en la oscuridad.
La primera vez que lo vi desnudo fueron apenas unos segundos, pero bastaron para encender una curiosidad prohibida que ya no supe cómo apagar.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.
Pensé que tenía la casa entera para mí esa madrugada. Entonces sonó la cerradura, él me miró desde el umbral y yo seguía desnuda sobre el sofá.
Cuando mi marido se fue y me dejó sola con su padre en la casa de campo, supe que aquella sonrisa lenta no era inocente. Y yo tenía demasiado que esconder.
Cuando todas se fueron a dormir, ella se acercó al sofá, me miró fijamente y dijo algo que nunca esperé oír de una amiga.
Solo iba a pedirle que bajara el volumen del porno. Nunca imaginé que esa discusión terminaría con los dos en su cama, sin nada que nos separara.
Le dije que sí, pero que tendría que pagar mi salida de la cantina y darme algo a mí. Y ahí me tienes, caminando delante de mi tío rumbo al hotel.
Sabía que mi novio estaba en el turno de tarde. Toqué la puerta del departamento con el corazón golpeándome, decidida a no irme sin lo que llevaba semanas imaginando.
Llevaba toda la cena sin bragas, sabiendo lo que me hacía. Cuando vio el callejón vacío, levantó apenas la falda roja y se apoyó en la pared sin decir nada.